Sobre gustos está todo escrito

El concepto de belleza es una construcción social. La mirada condicionada nos dice qué es de buen gusto y qué no lo es. Los juicios estéticos se basan en cánones y paradigmas que fueron poco a poco naturalizándose y arraigándose en los ojos de la sociedad para imponernos de modo coercitivo qué es la belleza.

Algunas veces nos preguntamos porque nos gusta esto o aquello. En términos generales, nuestros gustos coinciden con los de la mayoría de las personas de nuestra cultura, más allá de las subculturas que se presenten también en ella, y esto no es más que otro hecho social. Espero no resultar demasiado académica, pero no puedo evitar tratar este tema que me resulta interesante y es nada más y nada menos que el debate filosófico y sociológico sobre la mirada condicionada en las sociedades, algo que se patenta tanto en los gustos y preferencias banales como en el ámbito del arte.

Retrato

Foto: Flickr

Para poder desarrollar este artículos tomaré como marco teórico el libro Modos de Ver (2004) de John Berger, evitando caer en un relativismo absoluto que sólo lleva dar vueltas en círculo y al que tan susceptible se vuelven muchas veces los estudios sociológicos. En este libro, Berger intenta demostrar la manera en la que vemos el mundo y todo lo que lo compone. Según el autor nuestra percepción o apreciación de las cosas depende de nuestro propio modo de ver, el cual no es más que una construcción social. Lo que sabemos o lo que creemos afecta al modo en que vemos las cosas. Nunca miramos sólo una cosa; siempre miramos la relación entre las cosas y nosotros mismos (el famoso concepto de “terceridad” de Peirce que espero algún día poder desarrollar en el blog a riesgo de perder a los lectores). Cuando se presenta una obra de arte, la gente la mira de una manera que está condicionada por toda una serie de hipótesis aprendidas acerca del arte, hipótesis o suposiciones que se refieren a la belleza, la verdad, el genio, la civilización, la forma, la posición social, el gusto, etc.


Se dice que sobre gustos no hay nada escrito, pero, contrariamente al dicho popular, sobre gustos está todo escrito, pues no es casualidad que compartamos los patrones de belleza. Si se piensa desde el arte, estamos acostumbrados a percibir como verdadero arte a aquellas piezas que representan miméticamente la realidad, que logran armonía entre los colores y provocan sensaciones de relajación y admiración, o, en términos kantianos, toda una experiencia estética. Immanuel Kant fue el primero en defender la autonomía de lo estético respecto de los fines prácticos y el concepto teórico, con la celebre fórmula de la “satisfacción desinteresada” que es el goce de lo bello, es decir, no tener ningún interés práctico en lo que se manifiesta o en lo representado. Así, asociamos el concepto de lo bello con algo que esté públicamente reconocido por el uso y la costumbre, con algo que sea “digno de ver” y que esté destinado a ser visto; algo que goza de reconocimiento y aprobación general. Si encuentro bello algo, quiero decir que es bello, o en términos de Kant, exijo la aprobación universal.

En primer lugar, para que existan los gustos, es necesario que haya clasificaciones, el buen o mal gusto, distinguidos o vulgares, clasificados al tiempo que clasificantes, jerarquizados al tiempo que jerarquizantes, con estas dicotomías las personas que poseen principios de clasificación, gustos, les permiten distinguir entre estos bienes aquellos que les convienen, aquellos que son «de su gusto». Pero la realidad es que esas clasificaciones llevan años en nuestra sociedad y se han impuesto de un modo tan gradual que es imposible percibirlo. Ya avanzado el Renacimiento, la pintura al óleo se volvió la favorita de los burgueses, quienes pedían ser retratados junto a sus propiedades (sus campos, sus objetos de valor, sus amantes…). De este modo los paisajes, bodegones y desnudos se convirtieron en las imágenes representativas más populares entre la clase burguesa como símbolo de poder y exaltación del status, y, por supuesto, dignas de provocar experiencias estéticas. Es decir, provocar un placer intenso, suspender la voluntad y encantar al espectador. La experiencia estética se da en distintos grados o niveles, llegando a veces hasta lo intolerable; se origina en los sentidos y en ellos se solaza. Resulta algo complicado definir la experiencia estética incluso en los términos que utiliza Kant, pero lo seguro es su carácter universal. Lo bello es bello para “todos”, aunque ese “todos” algo relativo si se lo toma fuera de la mirada eurocentrista, pero ese tema no concierne a este artículo.

Los embajadores, por Holbein

Foto: Flickr

Ahora bien, en el arte, la actitud similar que adoptan de unas obras a otras hace que se mimeticen, convirtiéndose irreversiblemente en un único modelo estándar, un patrón común que no deja de repetirse. Con el tiempo, los cánones de belleza fueron echando raíces en el imaginario social y condicionando nuestro modo de ver. En el pasado, la pintura al olea se encargaba de fijar esos cánones e imponerlos mediante la repetición y costumbre. Luego fue la función de los medios masivos de comunicaciones, hoy más vigentes y coercitivos que nunca. Nuestro modo de ver el mundo está mediado por nuestra relación con este. La naturalización de los íconos de representación y la cosificación del hombre y la mujer en virtud de una belleza inalcanzable se muestra como patológica en esta sociedad mediatizada y virtualizada en lo que lo real es de todo menos real. Depositamos nuestra expectativa estética en íconos prefabricados para nuestra mirada condicionada en un gusto que nos antecede. Esto es inevitables desde el momento en que si no contásemos esos patrones, careceríamos por completo del poder de clasificación para definir qué es lo bello. Esa suerte de guía sobre el “buen gusto” es compartida por la mayoría de quienes viven en una misma sociedad, en una misma época y en similares condiciones culturales, y es por esta razón que se puede decir que sobre gustos está todo escrito.

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