Los libros y la lectura

La lectura requiere de rituales, tanto en los libros academicos como de ficcion. Las estrategias de lectura ayudan a la imaginación y a la memoria. Los libros son estructuras destinadas a ser desestructuradas por el lector al mismo tiempo que le otorga sentido.

Todos conocen la experiencia de leer, hay quienes la disfrutan, algunos la detestan y a otros implemente les resulta indiferente. Pero los métodos de lectura nos pueden decir mucho de nosotros mismos. A la hora de sentarse con un libro, se presentan múltiples estrategias de lectura. Arraigadas en la sociedad, algunas no se corresponden necesariamente con las expectativas de viajes instituciones como las bibliotecas, que administran las políticas culturales relacionadas con el objeto libro. La lectura en voz alta, la lectura silenciosa con los ojos, la lectura en solitario, etc.

Libros

Foto: ifixtimemachine

El libro se presenta en primera instancia como un portal a la sabiduría, pero lo más importante, citando a Eliseo Verón*, “como modalidad de relación mediatizada con el mundo (…) El libro es ante todo un lugar, un espacio en el que se puede entrar y salir”. Sabiduría, sí, pero también relajación, goce y estimulación de la creatividad.



Los textos académicos puede resultar algo tedioso, pero también enriquecedores, y si bien requieren de un ritual especifico, como una mayor concentración de todas las facultades cognitivas (aunque sea forzadas), también puede resultar agradables si disponemos de lo necesario para hacer de la lectura un momento de disfrute. En la mayoría de los casos, el silencio es el mejor acompañante, pero existen quienes se concentran mejor acompañados de música, café, tabaco, otros lectores, etc.

Desde que desapareció la oralización que permitía la lectura en voz alta y se generalizó la lectura en silencio con los ojos, ésta se transformó irreversiblemente en un proceso individual de apropiación del sentido. Recordando un texto, trayendo a la mente el libro que tuvo una vez entre las manos, el lector puede convertirse en libro del que tanto él como otros pueden leer. Este atributo de la lectura, que permite al lector relacionarse con un texto no sólo gracias a la lectura atenta de sus palabras sino gracias a su asimilación, hasta convertirlas en parte de sí mismo, no siempre fue considerado una ventaja. De hecho, la lectura privada llegó a establecerse en tiempos de Aristóteles, quien reunió para su uso personal una de las primeras colecciones importantes de manuscritos, pero la lectura en silencio se generalizó en el siglo XV junto al nacimiento de la imprenta de caracteres móviles. En el siglo V San Agustín se sorprende de que Ambrosio, obispo de Milán, lea en silencio (o en voz muy baja, según otras traducciones) en una época en que lo corriente era la lectura en voz alta. Luego sugirió una nueva manera de leer: tomar una idea, una frase, una imagen, enlazándola con otra sacada de un texto distinto retenido en la memoria, ligando el todo con reflexiones propias, para producir así, de hecho, un nuevo texto cuyo autor es el lector. Muchos siglos después Santo Tomás de Aquino elabora una serie de reglas para los lectores: colocar las cosas que se quería recordar en un orden determinado, desarrollar “afecto” hacia ellas, transformarlas en “semejanzas inusuales” que facilitaran su visualización y repetirlas con frecuencia. Para los antepasados el temor a perder un texto memorizado estaba únicamente ligado al deterioro de la edad. Farenheit 451Esto me trae a la mente la obra Farenheit 451 de Ray Bradbury, que muestra una sociedad donde los libros están prohibidos y son quemados, mientras los rebeldes, para salvar aquel acervo de conocimiento y arte, memorizan las obras.

Lectura

Foto: Flickr

Los rituales de lectura ayudan a la concentración y a la memoria, pues la asociación de un momento placentero con el ingreso de nuevos datos da resultados positivos. Pero cuando llega la hora de la ficción, la imaginación del lector se pone en marcha para darle colores, aromas y emociones a las palabras ajenas grabadas en el papel. Nada mejor que una relajante tarde de primavera con un libro en las manos, sentado frente al mar o en un parque. O un día frío de lluvia, relajado en casa junto a una taza de café y compañía imaginaria. Aquí, los sentidos se estimulan y entra en funcionamiento la capacidad creativa de cada lector para darle a libro vida visible sólo antes los ojos de la mente y el corazón.
La magia de un libro radica en su carácter desestructurante, es decir, uno puede elegir libremente donde entrar y cuánto salir, y es en el reconocimiento donde el lector produce la individuación del sentido. Un buen ejemplo son las marcas de lectura, los subrayados y anotaciones. La lectura de los libros interviene en la biografía de cada uno y esto se aplica tanto en los libros de conocimiento como de literatura. El recuerdo de las lecturas es como el álbum de fotos de familia, salvo que no constituye una memoria familiar sino estrictamente individual. Existe un ejercicio común que puede resultar entretenido: coger un libro que uno haya leído hace un tiempo y ver las marcas personales, una frase, una oración, un párrafo resaltado. Esto nos dice mucho sobre nosotros mismo, qué sucedía en nuestras mentes y en nuestros corazones para haber destacado aquel fragmento escrito. Si el mismo libro es releído mucho tiempo después, uno se sorprende de resaltar otros fragmentos, pues la lectura y apropiación de sentido está íntimamente ligado con nuestro presente. Así vemos como un texto invita a múltiples lecturas.
Si el libro aún sobrevive en esta era tecnológica es porque tiene una particular importancia, y es que la lectura, irremediablemente, es una aventura individual.

* Eliseo Verón fue profesor en el Departamento de Sociología de la Universidad de Buenos Aires, investigador científico del CONICET y director del Centro de Investigaciones Sociales del Instituto Torcuato Di Tella. Se doctoró en lingüística en la Universidad de París y desde entonces se ha dedicado al estudio de los discursos sociales en los medios de comunicación. Actualmente es profesor plenario en la Universidad de San Andrés, Argentina, donde dirige la Maestría en Periodismo y la Licenciatura en Comunicación. Ha publicado los siguientes: Construir el acontecimiento, Esto no es un libro, Efectos de agenda y La semiosis social, entre otros.

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