Formación Profesional, la gran asignatura pendiente

FP

El sistema de Formación Profesional español no funciona como debiera, y esto es una de las razones más evidentes que explican la elevadísima tasa de paro que sufre el país, especialmente importante en uno de sus pilares básicos; los jóvenes. La cifra es sintomática y no admite comparación: en España casi la mitad de los jóvenes buscan empleo. Por contraste, en Alemania, cuyo programa de FP funciona considerablemente bien, tan sólo el 8% de los jóvenes están en el paro o buscando trabajo.

De hecho, la FP alemana es un modelo sui generis plenamente adaptado a la idiosincrasia y al modelo económico y productivo del país, cosa que lo hacen muy difícil de copiar, a pesar de los esfuerzos realizados por España en ese sentido. Se trata de un modelo dual que combina el aprendizaje en escuelas de formación que coordinan las propias empresas, con la práctica real de la profesión escogida en la compañía. Son contratos de formación con materias homologadas por ley y que suelen durar tres años. Durante dicho período, los aprendices reciben un salario regulado por convenios regionales y por sectores económicos que generalmente aumenta con cada curso superado.

Este modelo dual es la piedra angular del sistema de FP alemán, puesto que abarca más de la mitad de la oferta y está ampliamente extendido en sectores como el del comercio o la industria. El otro modelo vigente es el de la FP reglada con prácticas al final del curso, de manera similar al modelo español y supone un 20% de la oferta. El 30% restante consiste en programas específicos orientados a que los alumnos con dificultades se reenganchen a uno de los modelos anteriores.

Sin duda, el modelo dual explica en cierta manera la mejor situación de la economía alemana frente a la española puesto que presenta buenos resultados en lo que respecta a la incorporación al mercado laboral y en cuanto a la formación de personal cualificado según las necesidades específicas de las empresas, que son las que convocan las plazas y realizan el proceso de selección de los aprendices. Pero, como decíamos, es muy difícil de aplicar en España, puesto que el 85% de las empresas son de pequeño tamaño.

De hecho, optar por la Formación Profesional nunca fue una opción del todo válida en nuestro país, en donde ciertamente no goza de mucho prestigio. A menudo optar por la FP es mirado como un signo de fracaso parcial; de no haber tenido éxito en los estudios y haber optado por una formación de segunda clase, un mal menor. Por contraposición, se mira la universidad como el destino lógico al que debe verse abocado cualquier estudiante, cosa que no es en absoluto positiva.

Prueba de ello es que la crisis económica se ha traducido en un abarrotamiento de las aulas universitarias y en un crecimiento más que moderado por comparación, de la Formación Profesional. Y esto, lejos de ser positivo, es enormemente contraproducente puesto que redunda en un desprestigio de ambas opciones. La universidad pierde importancia por el elevado número de licenciados que salen de ella; muchos más de los que el sistema laboral puede absorber, con lo que se generan trabajadores sobrecualificados.

La FP por su parte, pierde porque no gana; porque aunque cada vez menos, aún sigue siendo una opción menos importante, es decir, secundaria, cuando en realidad debería tener la misma consideración social que cualquier otra salida. En invertir esa visión y conseguir un sistema potente que esté en condiciones de proporcionar una atractiva oferta de futuro nos jugamos mucho. Supone por ejemplo, que los jóvenes españoles se queden en España o bien opten por emigrar a Alemania.

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