Cómo detectar y terminar con el acoso escolar

La soledad, la impotencia y la opresión que sienten las víctimas del Bullying puede conducir a caminos sin retorno cuando la situación se sostiene en el tiempo y el niño no encuentra otra vía de escape que dejar de existir para dejar de ser víctima o eliminar al victimar, para acabar con la humillación y fastidios a los que es sometido con periodicidad.

Los bribones existen en la escuela como en los pequeños centros urbanos, donde son conocidos por todos los miembros de la comunidad que conocen de las andanzas de estos personajes y sus grupos de pertenencia; rara vez se los denuncia y aún menos se los intenta disciplinar para abandonen la actividad que ocupa todo su tiempo: fastidiar a otros.

Todos asumimos que, en cualquier circulo social, existe un personaje con estas características que golpea, humilla, insulta o molesta a los miembros tranquilos, introvertidos o que por algunas de sus características personales pueden volverse objetivo del accionar de los acosadores. Es por ello que no participamos de la denuncia y educación de estos personajes, como tampoco prevenimos a quienes terminan siendo sus cómplices, no por simpatía sino por temor de volverse uno de sus centros de ataque.

agresión en la escuela

Incluso podemos trazar un estereotipo del bribón y su grupo. Puede ser un niño más grande que los demás, con entrenamiento deportivo, usualmente víctima de violencia familiar o con falta de disciplina al respecto del uso de la misma; no es muy brillante en la escuela y, en ocasiones, es mayor de edad que el resto del grupo porque ha repetido un año escolar. Es temerario y desafiante, desalineado y le gusta rodearse de un grupo que festeje sus andanzas y trabucadas, para sentirse admirado.

Su grupo es un conjunto de niños con personalidad más débil que busca pertenecer sin correr riesgo de caer en la humillación que festeja, en ocasiones son chicos con semejanzas físicas al líder, también con dificultades de aprendizaje y falta de contención familiar. Es probale encontrar un niño bien de los que se han declarado en rebeldía para capturar la atención de sus padres.

Estas descripciones se ajustan al bribón y su entorno de hoy, como al de hace cincuenta años. Los vivimos o sufrimos como estudiantes y luego lo repetimos en la piel de nuestros hijos, algunas veces desconociendo lo que ocurre con ellos y otras permitiendo, silenciosamente que se cumpla “la ley de la jungla”, donde los niños tienen que “aprender a defenderse por sí solos”.



Efectivamente, pocos padres realmente se preocupan por lo que hacen o sufren sus hijos en la escuela, siendo parte o víctima de los bribones y sólo acuden al docente cuanto el maltrato sufrido por el niño acosado es físico y evidente; y se avecina la creciente peligrosidad de la relación.

Si bien no todos los padres conocen lo que ocurre con sus hijos porque éstos no les cuentan a pesar de que son consultados insistentemente, otros podrían llegar a sospecharlo pero minimizan el acoso justificando o exculpando al agresor o, en su defecto, atribuyendo culpa al acosado; entre los pensamientos que habitan las mentes de los padres están las clásicas: “son cosas de chicos, que se arreglen solos”, “los chicos tienen que aprender a vivir y defenderse sin ayuda”, “que se haga hombre”, “por algo será que te golpea”, “Las cosas que suceden en la escuela son asuntos de los docentes”, “si se dejó golpear se lo merece por lerdo” o “son estupideces de niños, no tengo tiempo para ocuparme”.

Desde el ángulo del docente que conoce el entramado e identifica a cada participante del Bullying, pero no hace nada al respecto, en ocasiones responde a que desconoce cómo actuar en la situación o no quieren inmiscuirse porque “excede a su responsabilidad como educador”. “Siempre que no afecte el desarrollo de mi clase, son asuntos de los chicos” o, dado que la mayoría de los docentes son mujeres, el pensamiento se torna machista: “son cosas de hombres”.

Ciertamente el acoso en la escuela es mucho más frecuente entre varones que entre mujeres, donde, por otro lado, la agresión suele tener entramados emocionales y psicológicos, en lugar de físicos. Las niñas castigadoras realizan humillaciones verbales, descalificando a sus víctimas, avergonzándolas ante su grupo de pertenencia y ante sus seres queridos o admirados, en tanto que, entre los niños, el maltrato usualmente se tiñe de golpes, empujones y “accidentes intencionados” que suelen ocurrirle al niño de quien se mofan.

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Por otro lado, el Bullying es mucho más característico entre niños preadolescentes, cuando inician la secundaria y durante los primeros años de la misma, aunque la práctica puede perpetrarse a lo largo de los años; debido a que es ese momento en el cual comienzan a forjar sus roles sociales y surge la necesidad de resaltar, destacarse y ser admirado por un grupo de pertenencia que sirve como red social donde sentirse seguro y confortable.

Cuando el Bullying no es detectado a tiempo y afecta a niños muy introvertidos a quienes se los humilla sistemáticamente y a largo del tiempo, el acoso puede afectar de maneras muy perturbadoras y conducir, incluso, al suicidio o a homicidios que los adultos no logran comprender, perplejos de qué ha movilizado al niño a realizar tal acción.

La soledad, la impotencia y la opresión que sienten las víctimas del Bullying puede conducir a caminos sin retorno cuando la situación se sostiene en el tiempo y el niño no encuentra otra vía de escape que dejar de existir para dejar de ser víctima o eliminar al victimario, para acabar con la humillación y fastidios a los que es sometido con periodicidad.

Por supuesto que no cualquier persona es un acosador y no cualquiera es acosado, pero existe un tercer grupo de participantes, que es tan importante como los dos primeros: los espectadores. Necesarios para que la humillación exista y perdure en el recuerdo; necesarios para que el bribón tenga compañía y admiración por lo que ha hecho, para que pueda ser respetado y temido si no quieren sufrir un accionar similar.

Es con el grupo de los espectadores que se puede trabajar, desde el hogar y desde la institución educativa para que el Bullying desaparezca; al fin y al cabo, sin público no hay espectáculo y, como por lo general son niños sin ninguna de las características necesarias para pertenecer al grupo de los acosadores ni de los acosados, se les puede consultar e intervenir para detectar y erradicar casos de acoso escolar.

Los testigos o espectadores, tan necesarios para el bribón y tan humillantes para la víctima son la clave para resolver el asunto pues éstos, más allá de que disfruten o no del espectáculo, que estén o de acuerdo con el merecimiento del accionar del acosador o no, no sienten la obligación de acusar ni serán víctimas de un castigo institucional “sólo por mirar”; es decir, que nada les impide hablar de la escena.

En esta ronda de conversación, guiada por un profesional se les debe invitar a describir los hechos con todos los detalles necesarios para luego reflexionar respecto de las consecuencias físicas si hubiera un castigo físico, psicológicas si se tratara de insultos o humillaciones o académico si el acosador hubiera elegido destruir objetos escolares o la tarea de su víctima.

Ofrecerles el anonimato de sus relatos, así como el de los protagonistas puede ayudar a una mayor sinceridad y apertura de los testigos que, en ningún caso, quieren que el acosador les “tome de punto” por delatarlo. Así mismo, el profesional debe instruir a los testigos a que, en una próxima ocasión, intenten detener la violencia sin usar más violencia y solidarizarse con la víctima.

Fuente: Educared, CERIL

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