Pagar un mal día con los hijos

Sin maldad y por inconsciencia, cabe la posibilidad de pagar un mal día con nuestros hijos. Lo que sucede es que un adulto sabe distinguir cuando un ataque o una mala respuesta tiene su verdadero origen en causas ajenas a él, sobre todo cuando conoce bien a la persona. Un niño, por horas que pase con sus padres, aún no tiene esa capacidad. Más aún si lo natural es protegerles de aquello que nos preocupa. Vive ajeno a algo que agria nuestro caracter, pero paga sus consecuencias. ¿Cómo controlarlo?

Hay un dicho popular que, pese a que no queda muy elegante escrito en un artículo, es incuestionable: «la confianza da asco». No siempre, por supuesto, pero es evidente que esta frase se suele aplicar a aquellos momentos en los que la cercanía emocional con alguien te permite descargar con él tus frustraciones, con la seguridad que implica el saber que lo va aceptar porque te tiene cariño. Todos necesitamos liberar la tensión de algún modo, y es frecuente hacerlo con aquellos que tenemos más cerca, confiando en que el lazo que nos une hará de colchoneta para las posibles consecuencias.

Él puede ser la medicina para nuestro mal humor


Esta situación es frecuente en matrimonios, grupos de amigos y sí, por supuesto, también familias en el sentido más amplio del término. Sin maldad y por inconsciencia, cabe la posibilidad de pagar un mal día con nuestros hijos. Lo que sucede es que un adulto sabe distinguir cuando un ataque o una mala respuesta tiene su verdadero origen en causas ajenas a él, sobre todo cuando conoce bien a la persona. Un niño, por horas que pase con sus padres, aún no tiene esa capacidad. Más aún si lo natural es protegerles de aquello que nos preocupa. Vive ajeno a algo que agria nuestro caracter, pero paga sus consecuencias. De lo más desconcertante.

El efecto de una bronca desmesurada en un niño no es efímero. Puede que retenga lo sucedido y que posteriormente se automachaque con las palabras que ha recibido. Hay que recordar que para un niño los padres son la referencia más importante. ¿Cómo evitar, entonces, descargar el mal humor contra ellos? E aquí algunos consejos:

  • Identificar el ‘problema’: Tomar conciencia de lo que nos produce realmente ese estado anímico es el primer paso para controlarlo. Con situaciones que se alargan en el tiempo (enfermedades de familiares o amigos, problemas en el trabajo…) es más fácil, puesto que hay una continuidad en las reacciones. Hay un patrón que romper.
  • Respirar hondo: Ante una situación de desobediencia por parte del niño, por ejemplo, y cuando sabemos que nuestro humor no está en su mejor momento, es bueno tomarse un momento para reflexionar antes de hablar.
  • No increpar: En lugar de recurrir a expresiones crudas, las típicas que se pronuncian en caliente («eres un desastre», «solo me das disgustos», «no haces nada bien»), lo mejor es construir frases descriptivas y que incluyan la posibilidad de actuar mejor en una próxima ocasión. Por ejemplo, ante una habitación desordenada, dejar a un lado la bronca directa y recurrir a expresiones tipo: «Cuando acabes de cenar, recoge la habitación, que has olvidado los juguetes fuera».
  • Si la bronca es inevitable y se nos va de las manos, o si el pronto nos supera, siempre queda una última opción: la disculpa. Pedir perdón o demostrar que sentimos lo sucedido es una buena forma de cicatrizar lo sucedido. Y no, hacerlo no nos resta autoridad como padres. El niño también debe aprender de sus padres el valor de una disculpa y de reconocer los errores.

Fuente: Solohijos.com.

Foto: makelessnoise en Flickr.com.

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