La vida en un CRAE

La vida en un CRAE (Centro Residencial de Acción Educativa) es especialmente dura. Allí conviven menores con un pasado atroz, marcado por la violencia, las drogas o la ausencia de una familia. En estos centros se intenta recomponer sus vidas, educarlos y darles un vida mejor. Sin embargo, en algunos casos se han dado episodios de maltrato, violaciones o torturas. Los CRAE, que dependen del Departamento de Bienestar y Familia de la Generalitat de Cataluña, no siempre no así.

Los CRAE sacan a muchos menores de la mala vida de la calle

CRAE son las siglas de Centro Residencial de Acción Educativa. En ellos se atienden a menores de edad que, por algún motivo, no pueden estar con sus familias. Sus edades comprenden entre los 3 y los 18 años, por lo que su residencia en el centro es temporal. Cuando ingresan en los CRAE, estos niños y adolescentes se encuentran bajo la tutela de la Administración y la responsabilidad del director del centro. Los CRAE dependen del Departamento de Bienestar y Familia de la Generalitat de Cataluña y se enmarcan en el seno de la Dirección General de Atención a la Infancia y a la Adolescencia.

La vida en estos centros residenciales no debe ser fácil, si bien cuentan con profesionales que día y noche prestan todas las atenciones posibles a los niños y jóvenes.  Muchas de las historias de las personas que conviven en los CRAE son desoladoras: niños que han sido desatendidos por su padres, jóvenes con familias desestructuradas y antecedentes por posibles delitos, abandonos… Estos son algunos ejemplos de estas vidas rotas, que en los centros residenciales de acción educativa se intentan reconducir. Esta tarea, sin duda, es muy complicada e, incluso, en algunas ocasiones puede llegar a ser hasta absorbente.


En los CRAE trabajan educadores sociales que forman parte de un equipo educativo. Sus objetivos están marcados por el Proyecto Educativo de Centro (PEC). Entre ellos encontramos los siguientes: garantizar las necesidades básicas de los menores, su educación, su integración, su autonomía y, en definitiva, todos aquellos procesos necesarios para que estas personas, que se habían quedado sin nada y que estaban a merced de la vida en la calle, tengan lo suficiente para poder valerse por sí mismas cuando salgan del centro.

Por eso cuesta a veces creer los casos de maltrato que se dan en estos centros. Amnistía Internacional ha puesto en duda los métodos utilizados por algunos de ellos, llegando, incluso, a denunciar casos de abusos, violaciones, torturas y terapias irregulares. Determinados educadores consideran que imponer una disciplina a los menores es la clave del éxito educativo; sin embargo, atar a adolescentes violentos a sillas, cosa aceptada por la Fiscalía y la Dirección General de Atención a la Infancia y a la Adolescencia, parece más propio de un centro psiquiátrico que de un centro de atención a menores. El incremento de ingresos de adolescentes con patologías mentales o con problemas con las drogas podrían explicar la utilización de estas prácticas.

Fuente: Plataformaeducativa

Foto: Ramon Llorens en Flickr

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