La psicología conductista

La psicología conductista trató de estudiar al hombre como si fuera una máquina, que respondía de determinada manera ante un estimulo concreto. Hoy en día, estos estudios ya están superados, debido a que dejaban de lado las emociones humanas, motor esencial para entender el ingenio, el arte y la creación que ha desarrollado el hombre a lo largo de toda su Historia.

En Metrópolis quieren que los hombres se comporten como máquinas

Buen comportamiento-recompensa; mal comportamiento-castigo. A partir de estas dos asociaciones de ideas se puede explicar la esencia del conductismo. En parte, a todos nosotros nos han educado gracias a esta corriente de pensamiento. ¿No te acuerdas cuando eras un niño e ibas al médico que si te portabas bien te regalaban un dulce? ¿o si hacías algo muy malo te caía algún cachete que otro o algún grito? Pues más o menos así podemos resumir el conductismo.

Basado en la acción-reacción, esta práctica, que nació a principios del siglo XX en el seno de la psicología norteamericana, cada vez más distanciada de la psicología alemana, propuso estudiar al hombre como si fuera una máquina. El ser humano reaccionaba de la misma manera ante una cierta clase de estímulos, por lo que a partir de ciertos comportamientos se podía manipular su conciencia. Es decir, que se podía prever cuál iba a ser la reacción de una persona dependiendo del estímulo que se le provocase y así condicionar su educación. Y es que es a través de la observación de la conducta externa como se pueden determinar nuestras acciones subjetivas. Sin embargo, el gran error que cometió la psicología conductista fue comparar el intelecto humano con el disco duro de los ordenadores. Y es que la mente humana no sólo funciona a través del principio de acción-reacción, sino que en ella también influyen las emociones y los sentimientos, que es lo que nos distingue principalmente de las máquinas y ordenadores.


El principal representante del conductismo fue John B. Watson (Greenviell, 1878 – Nueva York, 1958), que creía poder estudiar el ser humano dejando de lado sus emociones y su conciencia, centrándose únicamente en su comportamiento: “La conducta es lo único real, objetivo y práctico en tanto que la conciencia es abstracta y fantasiosa”, afirmaba el psicólogo estadounidense. Sin embargo, yo creo que esta filosofía, aunque ha dado sus frutos, tiene varios puntos débiles. En primer lugar, al ignorar los sentimientos también está obviando la voluntad de las personas, y es que muchos de nuestros comportamientos vienen determinados por las emociones. En segundo lugar, al comparar al ser humano con una máquina, se salta una de las virtudes y capacidades más asombrosas del hombre: la creación. En tercer lugar, es una teoría reduccionista, que no entiende al ser humano como un ser complejo, desvirtuando el papel de su sistema nervioso. Y en cuarto y último lugar, es una ideología que concibe al hombre como un individuo aislado, eliminando la idea del hombre social y las influencias que la sociedad ejercen sobre él.

Foto: Thomas Roche en Flickr

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