¿Es real el miedo a la escuela?

En esta entrada recordaremos esa época del colegio en que no queríamos asistir a clases y hasta fingimos estar enfermos para no ir. ¿Qué tan pleigrosa puede ser este miedo o inseguridad catalogado como desorden de ansiedad?

¿Quién no recuerda haber pasado momentos difíciles cuando era niño, mientras nos encontrábamos en la etapa escolar? Esos miedos que, a la luz del tiempo transcurrido, parecieran no tener sustento y hasta caer en la categoría de ridículos pero que de una u otra forma son concretos, al menos para el niño o joven que los padece. Generalmente este miedo pasa más por el hecho de tener que abandonar la seguridad que representa nuestros hogares para acudir a un entorno que de alguna manera nos resulta nuevo. En nuestro caso la escuela. En este punto, uno podría caer en el facilismo de pensar que esto sólo sucedería en el primer año de la vida escolar y que su extensión no abarcaría más allá de unos cuantos días o quizás horas. Pues no es tan así. Al parecer estos miedos son recurrentes y se renuevan con cada año escolar que empieza lo cual tiene bastante lógica porque durante el período de vacaciones, el niño prácticamente se olvida de la escuela y vuelve a la seguridad del seno familiar, en donde sabe que nunca pasará un mal rato –bueno, salvo algún hermano mayor que fastidie un poco-. Y siendo más estrictos, este fenómeno de la inseguridad es capaz de regenerarse en períodos más cortos de tiempo como puede ser un fin de semana o un día feriado o quien sabe luego de algunos días en que el niño ha estado realmente enfermo y ha debido faltar a la escuela. Incluso la variable temporal puede quedar abolida bajo ciertas circunstancias especialistas en crear angustia en los niños. Por ejemplo las vísperas de un examen en particular o del temido día de entrega de notas. Al parecer este fenómeno se presenta con mayor frecuencia en niños de entre cinco y diez años de edad, sin embargo no es exclusivo de este grupo y existen casos muy bien documentados de niños en edad pre escolar que acusan los mismos síntomas de esta rara “enfermedad”.

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A estas alturas del artículo, seguramente usted ya se ha sentido identificado, bien sea porque a usted le sucedió lo mismo cuado cursaba los años escolares o porque tiene un hijo que aparentemente le sucede lo mismo. ¿Cuáles son los síntomas de estas inseguridades? Aquí podemos hablar de algunos pre-síntomas incluso que van anunciando que habrá algunos inconvenientes a la hora de enfrentar los días de escuela. Uno de estos síntomas es que el niño le tiene miedo a la oscuridad.

En efecto, puede haber notado usted que el niño no quiere dormir con la luz de su cuarto apagada y pide compañía hasta poder conciliar el sueño. Recuerdo que la hija de una ex novia, pedía se le deje encendida la luz del pasadizo porque sentía miedo y cuando le preguntábamos cuál era su miedo, nos decía que no sabía. Hay que estar atento a estos pequeños grandes detalles ya que se puede estar formando un rasgo de inseguridad en nuestros niños. El niño también puede tener miedo a los monstruos que siempre están presentes en su imaginación o ciertos personajes de algunas películas de suspenso o de terror. No habría problema con eso si es que el miedo no pasa de la noche en que el niño vio la película pero habría que hacer una valoración si es que este temor se extiende por días y hasta semanas. Otros de sus miedos pueden parecer más fundados, como el miedo a que entren los ladrones en la casa. De nuevo aquí habría que hacer una valoración del contexto. Si nunca antes han entrado ladrones o tenemos una casa segura o vigilada, de seguro este miedo puede caer en la categoría del llamado “desorden de ansiedad”. Además este último temor está más asociado hacia los ancianos que tienen por costumbre atrancar puertas y ventanas incluso durante el día.

En el párrafo anterior hemos visto los síntomas previos a la consolidación del desorden de ansiedad. Si no combatimos el problema en ese punto, podríamos sufrir más de un problema puesto que los padres por lo general somos complacientes, al menos uno de la pareja y cuando el niño finja una enfermedad, lo más probable es que le digamos “esta bien, hoy te quedas en casa y no vas al colegio”. El problema es que estamos creando un refuerzo negativo y el niño buscará que repetir estas escenas sistemáticamente en el tiempo. Para él puede resultar una buena acción pero finalmente esto se reflejará en su vida adulta y tendremos por resultado un adulto inseguro que le costará tomar decisiones firmes en la vida, con lo cual verá bastante reducido su campo de acción profesional y no digo social. Claro que algunos síntomas pueden ser muy reales. El más común de todos es los dolores estomacales previos a un momento que genera ansiedad. Para contarles una experiencia personal, les diré que este dolor me asistía siempre en víspera de entrega de notas, pero lo más raro del asunto es que yo era un alumno aplicado, al menos eso decían mis profesores y mis notas. El hecho es que el día anterior a la entrega de calificaciones en la escuela, el estómago se me soltaba por completo y realmente necesitaba tomar alguna medicina para controlar la diarrea. Por otra parte no recuerdo haber fingido ninguna enfermedad. Digo todo esto porque no debemos esperar a que los síntomas empeoren o pretender que son sólo gracias del niño. Si vemos que hay cierta periodicidad o frecuencia en estos síntomas, debemos acudir al psicólogo para que resuelva el problema de raíz.

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El profesional, seguramente echará mano de técnicas de distracción y recreación que harán olvidar al niño de la ansiedad en poco tiempo. Este desorden de ansiedad se fundamenta en el abandono del hogar por lo tanto, una vez en la escuela, los problemas habrán cedido bastante terreno y el psicólogo simplemente tendrá que realizar algunos refuerzos en la terapia. En el caso de los niños mayores o incluso adolescentes, estas terapias suelen ser un poco más exhaustivas y prolongadas pero ¿Para qué dejar al problema avanzar hasta esos linderos?

Imágenes tomadas de Flickr

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