Del bachillerato a la universidad

Tras años de aulas de entre 25 y 30 alumnos, de profesores que te conocen y que valoran tus circunstancias personales, y de exámenes trimestrales, llega la universidad. Un mundo en el que el estudiante es tratado como un adulto para lo bueno y para lo malo. La autonomía, capacidad de organización y confianza en uno mismo son cruciales en esta etapa, y hay quienes para asumir todo ello necesitarán un pequeño empujón.

Durante el desarrollo de la etapa educativa el alumno se ve absorbido por una especie de dinámica que ni se plantea que vaya a tener fin. De la educación infantil se pasa a la primaria, y tras ella a la secundaria. Y solo finalizada esta etapa, o durante el transcurso de la misma, empieza la necesidad de tomar decisiones. Sin embargo, para los que tienen claro que desean continuar hacia los estudios universitarios, la dinámica sigue adelante. En bachillerato las cosas se complican y medio especializan, pero el método de enseñanza no difiere tanto del que se ha llevado a cabo hasta el momento. Ni en lo que a horarios se refiere, ni en lo que a la cantidad de alumnos por clase, ni en lo que a la relación con el profesor, ni en lo que el tipo de evaluación.

La imponente aula magna simboliza muy bien el paso a la universidad


El primer freno a esta cómoda dinámica se llama selectividad, un conjunto de exámenes cruciales que no solo ponen a prueba los conocimientos y capacidades, sino también el temple y los nervios. Tras ellos queda el acceder a una carrera, por lo general escogida previamente, tomando como referencia el propio criterio y lo que permite la calificación obtenida. Si todo va bien, en solo tres meses el estudiante ha pasado a la categoría de universitario.

Ello requiere para algunos independizarse, lo cual ya es un cambio sustancial, pero también nuevos retos que van más allá. Y es que la enseñanza universitaria poco tiene que ver con la que el estudiante ha llevado a cabo hasta el momento. Parte de la base esencial de que el alumno se encuentra allí por voluntad propia y porque ha hecho méritos para ello, por lo que debe demostrar su valía y superar los distintos obstáculos con la madurez y resolución que se espera de él.

Por todo ello, esta enseñanza parte del principio de autonomía. El estudiante debe gestionar el tiempo y recursos que la universidad pone a su disposición para superar las diferentes materias, sin que nadie le esté encima o le exija trabajar diariamente. Si el alumno no distribuye bien su trabajo o no consigue los resultados esperados, es su problema. Este hecho es aún más marcado en instituciones públicas y carreras muy demandadas, con una cantidad elevada de alumnos por clase. Del mismo modo, la enseñanza se imparte de un modo distinto, dando protagonismo a la formación práctica, el trabajo en equipo y los proyectos, y fomentando aptitudes necesarias en el desarrollo de una actividad profesional. Esto también se traduce en el método de evaluación, que varía según el tipo de materia pero que no se reduce al examen. En conjunto se afronta un número de materias inferior al de etapas anteriores, pero con un nivel de exigencia muy superior.

Aunque la mayoría de gente recuerda su etapa universitaria con una sonrisa, y aunque la mayoría de quienes la empiezan lo hacen con muchísima ilusión, todos estos cambios pueden influir negativamente en el estudiante si no se le ha preparado para ello. «Varias investigaciones evidencian que el tránsito resulta para muchos estudiantes una experiencia compleja y estresante», pues «llega a provocar sentimientos de inseguridad, reducción de la autoestima, sobrecarga de trabajo y niveles de ansiedad muy elevados». Así lo destacan en un artículo de Consumer que cita un estudio de la Universidad de Barcelona, y en el que se destaca lo importante que es el apoyo de la familia y de la institución universitaria en estos cambios. Y es que gran parte de la emoción de llegar a la universidad es que significa un paso hacia la vida adulta, y quienes estamos en ella sabemos que no es una etapa fácil.

Foto: Aula Magna del Lingotto por Juan Carlos de Martin en Flickr.com.

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