Aprendiendo a perder

«Lo importante es participar» se escucha decir al que sabe perder sanamente, y este es el mensaje que los centros educativos y los padres deberían transmitir a sus hijos. Valorar el proceso mas que el resultado no está reñido con esforzarse al máximo, Es deseable alegrarse cuando se alcanzan determinados objetivos o premios, pero ha de quedar claro que la clave es disfrutar del aprendizaje y de la actividad, no la mera consecución de un puesto concreto en el ranking de la competitividad insana y obsesiva. Los padres a través del juego pueden enseñar a los más pequeños habilidades para afrontar con deportividad y eficacia una derrota.


¡Cuántas veces hemos oído lo de «hay que saber perder», «lo importante es participar» o frases del estilo que nos recuerdan una y otra vez que en esta vida lo esencial no es el resultado, sino el proceso!. Ahora bien, es cierto que cierta dosis de competitividad es sana, puesto que hace que la motivación y la responsabilidad por el compromiso se acrecienten, ingredientes que son imprescindibles para garantizar el aprendizaje de cualquier materia o conocimiento.

Este equilibrio es un mensaje que los adultos (educadores y padres) tienen que saber transmitir a los más pequeños en cada uno de esos momentos clave en los que se verán expuestos a luchar y esforzarse por unos objetivos. En cada examen, en cada partido del deporte que practiquen, en cada partida de los juegos en que participen en recreos y hogares, etc. tendrán una oportunidad de aprender a darlo todo, sabiendo que si pierden no se vendrá el mundo abajo.

Todos hemos observado alguna vez como los niños (y algunos adultos) cuando empiezan a ver que pueden perder en algún juego o actividad, se enfadan, lanzan improperios al contrincante atribuyéndole una victoria a base de tretas o abandonan el juego mostrándose aburridos o desganados. Y es que en cada ocasión que han ganado, han percibido cómo los demás (mayores y pequeños) les respetan, admiran y elogian, por lo que esas felicitaciones generadas tras aventajar al resto se convierten en una fuente esencial que alimenta su autoestima. Si no se les explica que la propia valía es inalterable, independientemente del marcador, pueden crecer frustrándose y sintiéndose fracasados e incompetentes cada vez que no se suban al podium.


Otra enseñanza relacionada con el afrontamiento positivo de la derrota es la competitividad sana o bien entendida. Es fundamental guiarle en el juego para que entienda que sus ilusiones y fines no son los únicos, que hay más jugadores o participantes que también luchan, se desviven y le ponen ganas a la tarea, y esto tiene que tenerlo en cuenta. El otro jugador no es un enemigo, es un integrante de la misma actividad que persigue lo mismo que él, y al que hay que respetar y felicitar cuando gane. Esto será importante que lo aprenda, entre otras cosas porque muchos de esos otros jugadores después de la partida o partido serán sus compañeros de clase, sus vecinos, sus hermanos o sus amigos, y separar el rol de la persona le facilitará el integrarse socialmente y ser respetado y estimado por sus iguales.

Si como padres os preguntáis qué podéis hacer para inculcar estas ideas a vuestros hijos, quizá os ayude pensar que los niños aprenden por imitación, y si el pequeño os ve reaccionar con enfado e insultos cuando vuestro equipo favorito ha perdido o cuando alguien os adelanta con el coche en la carretera, de nada os servirá lo de «tú haz lo que te digo, no lo que hago», porque lo que quedan son las conductas que se han observado. Por eso, algunas de las pautas que pueden aplicarse en este sentido son:

  • Cuando asistáis a un partido o competición en familia, intentad no concentrar los comentarios en los ganadores, sino más bien en las cualidades que todos los participantes han puesto en marcha en el juego, en cómo cada uno ha dado lo mejor de sí mismo, es decir, demos más relevancia al juego que al resultado. Por supuesto, no emitáis descalificaciones ni juicios despectivos sobre los perdedores, enfatizando en que es normal sentirse triste si no se llega el primero, pero que eso sólo significa que hay que seguir esforzándose para superarse.
  • Es evidente que en el juego un adulto va con ventaja con respecto a sus hijos, por eso es comprensible que para que los pequeños no se frustren se les deje ganar de vez en cuando. Sin embargo, si llevamos esta benevolencia al extremo y les hacemos los reyes del juego permitiéndoles ganar siempre, les habremos privado de la oportunidad de afrontar lo que es perder, ser tolerante con el desenlace y no habituarse al premio. Algunos padres por temor a que el niño coja una rabieta, pierda los nervios o llore descontroladamente acaban dejándole siempre que se salga con la suya y gane, lo cual como ya hemos explicado es perjudicial y le hace más dependiente del éxito para sentirse bien. Lo ideal es no sobrevalorar su enfado cuando pierda, ni tampoco alabarle en exceso cuando gane, de esta forma se le transmite el lema de que es normal que unas veces se gane y otras se pierda.
  • En deberes, tareas, o juegos en los que vaya avanzando o mejorando con respecto a sí mismo o su rendimiento anterior es bueno reforzarle su esfuerzo, que vea que le concedemos importancia al hecho de superarse poco a poco, y que cualquier pequeño logro (pese a ser individual) merece la pena ser valorado y disfrutado.
  • Otro aspecto que puede contribuir a este aprendizaje es la paradoja. En alguna ocasión se pueden organizar actividades, juegos y carreras en las que paradójicamente, y en contra de sus expectativas, el ganador es el último que llega, el que menos puntos ha conseguido o el que más atrás en la partida haya quedado. La propia contradicción del perdedor que gana y el ganador que pierde le ayudará a relativizar los conceptos, y a disfrutar más del juego que de una puntuación concreta. Foto: greenland school rugby
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