A imaginar también se enseña

Recuerdo como uno de mis momentos más inolvidables en el colegio aquella ocasión en que el profesor pidió a los alumnos que tomáramos sólo una hoja en blanco y un lápiz y comenzáramos, de uno en uno, a escribir una historia por partes. El profesor escribía una primera idea y, a partir de aquí, el alumno iba dando forma a una aventura pudiendo ver solamente el fragmento del último compañero que participó. Aquella pequeña actividad nos hacia salir de la rutina y se nos antojaba una experiencia emocionante y fascinante en medio de tanta ortografía y matemáticas.

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Muchos años después, ya en la universidad, un loco profesor de literatura pedía a sus alumnos de primero de periodismo que construyeran un poema dadaísta. La actividad consistía en recortar palabras o fragmentos de una revista, introducirlos en una bolsa, remover e ir pegando una a una esas palabras. El resultado: arte en estado puro al más puro estilo vanguardista.

Tanto en la actividad de la historia como en la del poema se utilizaron métodos educativos que se salían de lo habitual. El profesor representó el papel de docente creativo utilizando una táctica innovadora mucho más fácil de recordar que cualquiera de las clásicas explicaciones de toda la vida.


¿Cuánto mejor es para un niño pequeño comprender el arte de la literatura convirtiéndose en el propio escritor de la historia? y ¿Qué mejor manera de entender a un vanguardista que meterse en su mente, su época y su alma repitiendo su propia manera de trabajar? Pese a la poca importancia que se le da hoy en día al fomento de la imaginación como método educativo, especialmente en los cursos superiores, este es, a veces, una estrategia de aprendizaje muy potente que en muchos casos se desperdicia.

El profesor puede ser un importante generador de mundos imaginarios. Y esto adquiere especial importancia en los alumnos más pequeños. Enseñar a imaginar es regalar al niño unas alas que irá aprendiendo a utilizar a lo largo de toda su etapa educativa. Gracias a esto cuándo sea adulto contará con muchas más ventajas para alzar el vuelo hacia ese lugar con el que ha soñado. Un espacio en el que se siente libre para dedicarse a la profesión que haya elegido con la potente herramienta de la creatividad como capacidad casi innata.

Los alumnos a los que se les ha enseñado a utilizar la fantasía como elemento para enfrentarse de un modo más atractivo a la realidad mostrarán una mayor disposición a artes como la lectura, la escritura, el diseño, la pintura, el cine o la fotografía. Pero aún cuándo dediquen su vida a tareas menos artísticas estarán más capacitados a la hora de encontrar solución a un problema, organizar un grupo de trabajo, realizar una conferencia, preparar una presentación, comunicarse con sus compañeros, etc.

Enseñar a imaginar es, si se hace bien, convertir a ese niño en un profesional valioso, diferente, original, participativo y capaz de innovar en cualquier ámbito. Las actividades a las que nos referimos proporcionan también al niño herramientas para que aprenda a comunicarse de un modo más natural consigo mismo y con su entorno. Las universidades e incluso las empresas están llenas de adultos con problemas a la hora de expresarse, de hablar en público o de trabajar en grupo con sus compañeros. Seguramente no se les regalaron desde pequeños esas alas que le hubieran permitido formarse como personas más imaginativas y por tanto más abiertas y seguras.

¿Cómo puede un docente poner en práctica este método de enseñanza? Hay muchas maneras de hacerlo. Lo ideal es intercalándolo de vez en cuando con el sistema clásico de explicaciones. Por ejemplo, un día a la semana, o los últimos minutos de cada clase pueden proponerse actividades.

Una de ellas podría ser contarles una historia sacada de un libro. Los cuenta cuentos han fascinado a los niños desde hace siglos. Contándolo de un modo atractivo, procurando captar la atención constante de los alumnos, ya se le estarán dando las primeras herramientas para comenzar a crear sensaciones por sí mismos, simplemente a través de la escucha. Será positivo dejar las historias sin concluir de un día para otro para fomentar la intriga e interés del alumno.

Pero la parte más importante llegará cuando los niños puedan sentirse parte de esa aventura. Pueden hacerse divertidos debates en torno a la historia, invitar a los niños a meterse en el papel de un personaje mediante alguna representación teatral o pedirles que entre todos inventen la segunda parte de la historia.

Otro recurso puede ser elegir un libro que haga referencias a aspectos de la realidad. En una obra cuyo personaje sea, por ejemplo, alguien que cuide animales puede invitarse a la clase a un veterinario o al responsable de alguna reserva de animales que explique a los niños su día a día comparándolo con el protagonista de la historia. Será un modo de poner en conexión imaginación y realidad de un modo divertido y un método muy positivo de aprendizaje.

Otra actividad podría ser situar a los niños frente a determinadas imágenes, obras de arte o cuadros e invitarles a que se metan en su papel. Los alumnos tendrán que describir dichos personajes, imaginar múltiples aspectos de su vida, intuir que relación mantiene con el resto, explicar cómo piensas que olerá la estancia, que temperatura habrá fuera, describir la textura del cuadro, … En definitiva sentirse como si, de repente, se hubieran colado dentro de esa obra de arte. También puede pedírseles que redacten una historia a partir de esta experiencia.

Estos son sólo algunos ejemplos pero seguro que el docente sabrá utilizar su propia imaginación para utilizar la lectura, la pintura, la fotografía, la música, los olores, los colores, los sabores,… para implicar al alumno en esta tarea de aprender a imaginar tan importante para su presente y, especialmente, para su futuro. Aprender a imaginar puede llegar a ser una tarea tan fascinante como necesaria.

Foto: Daquella Manera.

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