Mujer y empleo

A la hora de acceder a un puesto de trabajo, la mujer no queda en igualdad de condiciones respecto del hombre. Esta “brecha salarial” se evidencia, sobre todo, en los cargos gerenciales, aunque puede notarse en cualquier industria, de todos los rubros y en todo el mundo.

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La equidad laboral es un tema que preocupa y mucho tanto a organizaciones como empresas, a países y dirigentes, trabajadores y desocupados; suele ser una de las premisas que enarbolan los políticos a la hora de hacer sus campañas populares y, sobre todo en Sudamérica, rinde buenos resultados en votantes, aunque no se traduce realmente en políticas de empleo.

Resulta que en un mundo globalizado donde la mujer ha sabido conquistar espacios que antes le eran negadas y ha podido romper con paradigmas y prejuicios, necesita definiciones y políticas certeras para tender a la verdadera equidad laboral pero, lo más importante: la equidad salarial.

En anteriores publicaciones hemos detallado que la mujer actual está capacitada para cualquier tipo de empleo, estudia las mismas carreras que un hombre y hasta suele obtener mejores calificaciones, graduarse en menos tiempo y con más honores; sin embargo, el empleo no está “fácilmente accesible” por cuestiones de género.

La modernidad nos conduce a una realidad en la que poco debe importar quién y cuándo haga el trabajo, lo importante es la obtención de objetivos –y muy ambiciosos- mientras que el nombre que figure en el box de la empresa poco debería importar. Pero la realidad cotidiana nos demuestra una y mil veces que no es así y que sí incide llevar falda o pantalones para determinar una carrera profesional, accesos a determinados puestos jerárquicos y, obviamente, a una banda salarial con límites más bajos.

Así, las mujeres se encuentran con puertas que se abren y puertas que se cierran: leyes que las defienden, ordenanzas y políticas empresariales que promueven el empleo femenino, pero jefes y directivos con pantalones que vedan algunos accesos y caminos a las mujeres, sin importar cuán calificada esté.

Por supuesto que esta realidad no es absoluta y existen compañías y organizaciones donde la equidad existe y las posibilidades son las mismas para hombres y mujeres jóvenes y maduros; pero ciertamente, son las menos y los prejuicios están aún cuando no formen parte de la ideología de la empresa, está en la decisión de quien controla los recursos humanos y que decide con criterio propio si el cargo puede ser indistintamente ocupado por una mujer o por un hombre.


Sin embargo, es momento de hacer una gran distinción, por un lado la discriminación en el empleo, es decir “la brecha laboral” y por otro lado la diferenciación en los salarios que llamaremos “brecha salarial”. Y la distinción surge de la necesidad de dejar claro que la brecha laboral ya no es la que hace veinte años atrás vetaba a las mujeres que querían ser conductor de autobús, ser jefe, trabajar en una industria o ser un ejecutivo importante. Hoy casi no existen distinciones, al menos declaradas, al momento de cubrir una vacante laboral aunque, como dijimos, quien está encargado de las contrataciones tiene su propia ideología.

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A la hora de acceder a un puesto de trabajo, la mujer no queda en igualdad de condiciones respecto del hombre. Esta brecha salarial” se evidencia, sobre todo, en los cargos gerenciales, aunque puede notarse en cualquier industria, de todos los rubros y en todo el mundo.

En España las mujeres en relación de dependencia representan en 42% de la masa trabajadora del país que año a año gana más y más espacio al empleo masculino que en los últimos tres años creció un punto porcentual menos que el empleo femenino. Estas cifras parecen alentadoras y nos llevan a pensar que en pocos años más habrá una igualdad de empleo de 50% y 50%, sin embargo, la cifra poco alegra a las mujeres.

Es que en España, como en el resto del mundo, que hayan más mujeres trabajando no significa que haya igualdad, y en esta ocasión nos referimos a la “brecha salarial”, pues las mujeres españolas cobran menos que los hombres en igual puesto y carga horaria.

No se trata de unos pocos euros ni de una cuestión circunstancial, es una constante mundial que determina que una mujer gana 30% menos que un hombre aunque realice igual o mejor trabajo en similares condiciones de contratación.

Según la Agencia Tributaria, el salario medio de las mujeres es de 12.800 euros al año, mientras que el de los hombres es de 18.300; es decir, 5.500 euros menos, lo que representa un 30%.

Esta realidad se vive en todo el mundo y hay países donde las diferencias son aún mayores, por ejemplo, en América Latina, la brecha salarial es de 36%, pero además se vive en todas las escalas jerárquicas; de hecho, según informes realizados en la Unión Europea, las mujeres que han logrado acceder a cargos gerenciales ganan 15% menos que los hombres.

La “brecha salarial” es la más difícil de sortear desde el campo de acción femenino porque ya no basta con que la mujer se profesionalice, especialice y dedique a su trabajo más que un hombre, se trata de una cuestión socio cultural de la que las mismas mujeres son víctimas.

De hecho, muchas mujeres admiten y permiten que un hombre gane más que una mujer por igual trabajo, siquiera pensaría en cuestionar por qué y se conforma con que le permitan hacer una carrera profesional medianamente bien paga.

No es que la mujer no tenga ambiciones ni objetivos claros, simplemente fueron educadas en la misma sociedad machista en la que fueron concebidos los criterios que conducen a creer correcto que un hombre gane más que una mujer y que son los que aún dominan las direcciones de las empresas y organizaciones.

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La creencia popular machista indica que el hombre hace un mejor trabajo, se concentra más y rinde más, respondiendo mejor ante fuertes presiones laborales y pudiendo postergar su vida personal por la laboral cuando la empresa así lo requiera. Creencias falsas, por cierto que no hacen más que sumarse a una lista de prejuicios que incluyen que “la mujer pierde demasiado tiempo y energía en lucir bien” y no la destina a hacer mejor su trabajo, así como que “pasa demasiado tiempo flirteando con sus compañeros de trabajo”.

Estos prejuicios responden a un mundo capitalista que ha sido construido sobre un machismo imperante que poco a poco y con mucha resistencia, vamos dejando atrás, pero probablemente faltan algunas generaciones más para equiparar no sólo las posibilidades laborales sino también su reconocimiento salarial.

Fuente: Comfia, Voz al Mundo, CNN Expansión, Tu salario

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