Los comportamientos crecen con nosotros

Desde que vamos al colegio a cursar la enseñanza primaria o al instituto para la secundaria, cada niño o adolescente tiene su rol y ocupa una posición dentro del grupo. Es más, su comportamiento no tiene muchas veces nada que ver con el que adquiere en su círculo familiar. Cada grupo es distinto.

El comportamiento humano es fascinante y si nos paramos a observar detenidamente a las personas, podemos sacar conclusiones muy interesantes.

Si nos fijamos, podemos establecer similitudes entre los niños y los adultos.

Desde que vamos al colegio a cursar la enseñanza primaria o al instituto para la secundaria, cada niño o adolescente tiene su rol y ocupa una posición dentro del grupo. Es más, su comportamiento no tiene muchas veces nada que ver con el que adquiere en su círculo familiar. Cada grupo es distinto.

Están comenzando a forjar su forma de ser y su personalidad, influyéndoles todo en la constitución de lo que finalmente serán. 

Por eso, se debe de estar atento de las conductas de los hijos para que, en caso de que vayan por el mal camino, poderles poner arreglo a tiempo. No consiste en hacer escenitas desagradables, o de gritar sino de ser tajantes y hacerles ver, de forma constructiva, que ese no es el camino adecuado.

Desde muy pequeños, vemos en los grupos a niños que ejercen su posición de líderes y aquellos que se limitan a seguirles.

Otro perfil usual es el típico niño solitario que no se integra y que suele ser el centro de las burlas de los demás. Porque todos necesitamos sentirnos identificados con nuestro grupo siguiendo sus pautas y ser aceptados. 

Luego tenemos a los niños que van a la espalda para conseguir sus fines, manipulando a los demás y diciendo a cada uno lo que quiere oír.


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También están los niños que van de frente y que dicen las cosas como las sienten.

Ante esta gran variedad de roles, cada uno desde pequeño, se va posicionando donde quiere o donde le dejan y va asimilando los tipos de rol que son habituales en la sociedad actual.

Nuestra infancia es muy importante porque vamos, poco a poco, adquiriendo nuestros patrones de comportamiento que nos acompañarán durante el resto de nuestras vidas. Así que en estos primeros años, será cuando deberemos intentar cambiarlo; cuantos mas años vayan pasando será más difícil cambiar los hábitos adquiridos y la forma de ser que hemos desarrollado.

Si estos comportamientos, los trasladamos al ámbito laboral, comprobaremos que los trabajadores de una misma empresa, intentarán adquirir un rol. Dentro de la empresa, tendremos “familias”, con líderes que tendrán su séquito y defensores. Como en todas las familias, están los mejor avenidos y los enemigos acérrimos.

Los diferentes perfiles que encontramos en la empresa son un fiel reflejo de los que hemos sido muchas veces de pequeños. Hay personas adultas que en el mundo laboral siempre pretenden que se haga lo que ellos dicen, tengan razón o no, porque están acostumbrados a hacerlo desde pequeños y si no lo consigue se enfurruñan o cabrean hasta conseguirlo. Como nadie les rectificó ese modus operandi que tenía en la infancia, lo ha desarrollado en su edad adulta.

Imaginemos también a una persona que desde niño está acostumbrado a ser ayudado en todas las tareas que tenía que acometer, sin dejarle hacerlo por si sólo. Esto le impidió adquirir la independencia necesaria y adecuada para aprender a valerse por si mismo.  Este niño, cuando crezca y salga al mundo laboral, va a comportarse de igual manera; lo pasará muy mal porque no sabrá hacer nada por si mismo y ante la más mínima dificultad, tirará la toalla para que alguien le ayude; lo que pasa es que verá que las cosas no funcionan como a uno le han acostumbrado de pequeño.

Así que desde que uno es pequeño hay que acostumbrar adecuadamente a las personas, sabiendo decirle un “no” cuando toque y corrigiendo sus pautas erróneas que todos tenemos cuando estamos comenzando el aprendizaje de la vida.  Educar a nuestros hijos no consiste en permitirles hacer lo que quieran y darles todos los caprichos porque esto es maleducar o educar incorrectamente lo podemos llamar como queramos. La gestión del “no” es fundamental para la convivencia. Actualmente, este es un aspecto en el que no se hace hincapié al educar a los niños, que cuando crecen, siguen sin saber aceptar las negativas y su comportamiento puede llegar a ser violento.

La educación lleva su tiempo y esfuerzo. Es más, tenemos que dar ejemplo los padres porque no podemos pretender que nuestros hijos se comporten de una forma que no nosotros no seguimos. Los hijos van a copiar muchas veces nuestras conductas. Algo muy sencillo: No podemos decir a nuestros hijos que lean porque es bueno cuando nosotros no leemos absolutamente nada.

Este punto, como todo, también se puede trasladar al mundo laboral: La figura del jefe tiene que ser el ejemplo a seguir, así como los mandos intermedios, para que el resto de los trabajadores actúen de la misma forma. Si tenemos un jefe despreocupado, o que no aparece por la oficina, no se tendrá un modelo a seguir correcto, por lo que el resto de la empresa, actuará a su libre albedrío… No podemos pretender que nuestros equipos de trabajo sigan determinadas normas cuando nosotros somos los primeros que nos las saltamos. Tampoco podremos pedir que se esfuercen y sacrifiquen, si nosotros no lo hacemos.

Por ello, la comunicación es de vital importancia ya desde la infancia. El registro también lo será, adaptando el mensaje a la edad del receptor. Si de pequeños no nos acostumbran y acostumbramos a hablar y razonar las cosas no lo haremos de mayores. Las cosas a veces no son como nosotros creemos y tenemos que aceptarlo

Somos nosotros los responsables de nuestros actos y comportamientos. Nos tenemos, también que adaptar al entorno. Cambiar aquellos puntos negativos está en nuestras manos. Siempre va a ser más fácil echar la culpa a los demás de lo que nos ocurre.

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