Belleza que enferma

La belleza como experiencia estética kantiana o como el bello malestar que experimenta Stendhal.

A veces tanta belleza anula los sentidos; es una experiencia conocida pero inexplicable, y es por eso que se le ha dado el nombre de síndrome de Stendhal. Este se define como una enfermedad psicosomática que causa un elevado ritmo cardíaco, vértigo, confusión e incluso alucinaciones cuando se está expuesto a una sobredosis de belleza artística, pinturas y obras maestras del arte. Su nombre se debe al famoso escritor francés del siglo XIX Stendhal, quien fue victima de esta “enfermedad” cuando visitó la Basílica de Santa Cruz en Florencia, Italia. Stendhal describió su experiencia en su libro Nápoles y Florencia: Un viaje de Milán a Reggio.
Dicha experiencia no fue descrita como un síndrome hasta 1979, cuando la psiquiatra italiana Graziella Magherini observó y describió más de 100 casos similares entre turistas y visitantes en Florencia, la cuna del Renacimiento, y escribió acerca de él. Pero más allá de su incidencia clínica como enfermedad psicosomática, el síndrome de Stendhal se convirtió en un referente de la reacción romántica ante la exuberancia de goce artístico. La experiencia estética kantiana encuentra su contra-cara patológica en él.
La belleza siempre ha tratado de ser definida a lo largo de la historia por las diferentes civilizaciones, puesto que ésta está culturalmente determinada. En el idealismo griego, Platón define la belleza –en boca de Sócrates- como una forma de locura. La belleza de este mundo es un reflejo de la Belleza en el aspecto supremo, divino, espiritual. Contemplando la belleza de éste mundo, el alma nos transporta hasta la Belleza, (que pudo contemplar cuando formaba parte del séquito de Zeus. Entonces era libre, no estaba encerrado en el cuerpo). Penetra a través de la vista y produce un sentimiento de veneración. El que es capaz de captar la belleza, siente un escalofrío y siente respeto, como si fuera una divinidad. Después siente un acaloramiento y las alas del alma comienzan a crecer (un cosquilleo en el enamoramiento). La belleza es su alimento y el alma se siente libre “alada” capaz de volar. Luego Sócrates declaró: “Lo bello, cosa difícil.”

El nacimiento de Venus

Foto: fcalzado.net

Asociamos todavía el concepto de lo bello con algo que esté públicamente reconocido por el uso y la costumbre; con algo que sea “digno de ver” y que esté destinado a ser visto. Algo que goza de reconocimiento y aprobación general. Si encuentro bello algo, quiero decir que es bello, o en términos de Kant: “exijo la aprobación universal”. Immanuel Kant fue el primero en defender la autonomía de lo estético respecto de los fines prácticos y el concepto teórico, con la celebre fórmula de la “satisfacción desinteresada” que es el goce de lo bello, es decir, no tener ningún interés práctico en lo que se manifiesta o en lo “representado”.



La Ilustración se identificó con los poderes reconocidos a la razón humana. Fue un proceso de emancipación global del hombre, donde la conciencia de que este es un sujeto autónomo y autosuficiente. En la Ilustración todo se discute y se cuestiona, desde principios científicos hasta el gusto; la política hasta el derecho civil, etc. La reflexión sobre el gusto se inició en España e Italia. Lo bello, en cuanto problema del gusto, es la aportación básica de la estética del Empirismo inglés y estriba en el contraste existente entre la gran variedad de gustos y su universalidad teórica, un abismo que se abre entre el sentimiento y los juicios del entendimiento, o sea, la confrontación entre juicio estético y juicio lógico. Sobre la producción artística ya no decide únicamente el mecenas o el príncipe, sino la competencia de un público, recordando la aparición de la “opinión pública” en le siglo VXIII. La crítica de arte no es más que el juicio de una persona privada a la espera de un reconocimiento más general por parte de los demás.
En este contexto Immanuel Kant desarrolló su Crítica del Juicio, donde se anticipa ya a la autonomía y el desinterés de lo estético, idea que continuará vigente en el curso de la estética moderna y contemporánea. El juicio de gusto fundado en la “pura satisfacción desinteresada” Kant clasifica la balleza de múltiples formas:
*La belleza
pura (sea de la naturaleza o del arte) no presupone concepto alguno de lo que el objeto deba ser. Es la belleza que lo es “según la forma pura”.
*La belleza adherente, como el retrato de una persona, presupone un concepto y la perfección del objeto según éste.
*La belleza como finalidad sin fin. La belleza es “la forma de la finalidad de un objeto en cuanto es percibida en él sin representación de un fin.“ Esto es finalidad formal o subjetiva. Finalidad sin fin significa que algo es inteligible sin saber a qué idea corresponde, que es libre de conceptos y significados, que no se adecua a un fin (utilidad-funcionalidad), ni siquiera, a la perfección del objeto estético. Es lo que sucede en la contemplación de una rosa, cuya belleza no significa nada y que se nos ofrece a la pura contemplación y encanto de la forma.
El placer estético puro place en sí, fuera de cualquier otra consideración. Lo bello sólo lo es para ser contemplado y si se lo pone al servicio de un fin cualquiera, se desnaturaliza y el efecto estético puro desaparece.

kant

Foto: wikipedia

Lo bello es objeto de satisfacción necesaria. Los juicios estéticos, puesto que valen universalmente, han de valer también necesariamente. La necesidad de los juicios estéticos es una necesidad ejemplar, una necesidad de la aprobación de todos es un juicio considerado como un ejemplo de una regla universal que no se puede dar por ser indeterminada e indeterminable, pues los juicios de gusto carecen de principio determinado objetivo. Los juicios estéticos tienen un principio subjetivo “por medio del sentimiento” con valor universal. Tal principio lo llama Kant sentido común, el cual procede según sentimiento: del libre juego de imaginación y entendimiento resulta como efecto el sentido común.
Pero la Estética de Kant es más que intrincada como para desarrollarla completamente, aunque sus paradigmas se mantienen en cierta forma aún vigentes, más de lo que creemos (lo que explica el disgusto “general” por el arte no-contemplativo de las vanguardias del siglo XX).
La experiencia estética, bien como crítica del juicio, o como síndrome de Stendhal, se corresponde con la incapacidad de expresar de un modo inmediato todos los sentimientos que nos llevan a un momentáneo estado de shock donde decimos que enfermamos de tanta belleza.

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