El papel de la familia en la adolescencia

Una de las etapas más complicadas en toda familia es cuando los hijos alcanzan la adolescencia y sus cambios, un momento en el que surgen múltiples conflictos de intereses. El menor empieza a reivindicar su independencia y a buscarse a sí mismo, y a su vez los padres siguen anclados en la infancia del niño, por lo que reivindican mantener el control sobre todos los aspectos de su vida. En este artículo nos adentramos en esta compleja relación.

Una de las etapas más complicadas en toda familia es cuando los hijos alcanzan la adolescencia y sus cambios, un momento en el que surgen múltiples conflictos de intereses. Por una parte, el menor empieza a reivindicar su independencia y a buscarse a sí mismo, a la vez que empieza a rechazar la autoridad paterna. Deja de idealizar a sus padres y de aceptar la sumisión, pues ya no se siente reflejado en ellos y desea buscar su propio camino. A su vez, los padres siguen anclados en la infancia del niño, por lo que reivindican mantener el control sobre todos los aspectos de su vida. Sobre todo, por temor a lo que pueda sucederles y por desconfianza de la madurez del adolescente.

Los adolescentes valoran más las relaciones sociales que la relación con sus padres.


En ese sentido, existen dos tipos de padres opuestos, ligados a dos tipos de adolescentes igualmente opuestos. Entre ambos polos, infinidad de medias tintas que tienden a uno u otro extremo y que son la gran mayoría de casos. Así, encontramos a padres demasiado permisivos y a padres demasiado posesivos. Y a la vez, a adolescentes que mantienen una buena relación con los padres, a veces casi de sumisión, y a adolescentes que tienden a la rebeldía absoluta. El equilibrio sería la solución perfecta, pero ¿es posible alcanzarlo?

Se suele decir que la adolescencia es una etapa de negociación entre padres e hijos, en la que ambos tienen que ceder un poco de su parte. Un proceso que se lleva a cabo no sin desgaste y de forma progresiva. Sin embargo, no es un camino de rosas, y dicho sea de paso que es imposible hacerlo bien. Siempre habrá una tendencia hacia la excesiva libertad o hacia la sobreprotección por parte de los padres, del mismo modo que los hijos navegarán entre la desobedencia y la obediencia, entre el acatar y el llevar la contraria. Lo cual no significa que no seamos buenos padres.

El resultado suele favorecer al adolescente, puesto que poco a poco los padres van cediendo en la negociación, cada vez más impotentes en su labor de imponerse. Sin embargo, las circunstancias actuales facilitan que el joven no haya alcanzado la autosuficiencia real llegado este momento, una circunstancia que se suma a un mercado laboral difícil y en el que los estudios han pasado de ser una puerta abierta al mundo a convertirse en otro camino hacia el desempleo. Con semejantes expectativas, y cuando en casa se vive más o menos bien, ¿para qué abandonar el hogar?

Por supuesto, las cosas no siempre tienen porqué ir así. Pero en cualquier caso, a la larga es el propio adolescente quien tendrá que encontrar su camino, empujado por las circunstancias que su propia vida vaya dejando a su paso, a modo de obstáculos o condicionantes. De todas ellas aprenderá y gracias a ellas acabará por madurar, tarde o temprano. La meta es inevitable: la independencia definitiva. Y lo mejor que pueden hacer los padres es no cuestionarla ni volcar en ella sus expectativas frustradas, ya sea durante el proceso de adquirirla o una vez alcanzada. Respetar el camino elegido y, en caso de que este no sea el adecuado por motivos de peso, intentar ayudar con todos los instrumentos a su alcance.

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Foto: SCA Svenska Cellulosa Aktiebolaget en Flickr.com.

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